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Con más de 13 millones de kilómetros cuadrados, el Imperio Ruso era el país más grande de la tierra. Sus enormes distancias y clima extremado hacían la comunicación no solo difícil, sino a veces imposible. Cuando, en el siglo XIX los ferrocarriles revolucionaron el mundo, ningún país se vio más profundamente afectado que el Imperio Ruso.

Su construcción comenzó en 1891. Diez años después, Moscú y Vladivostok quedaban unidas por 8919 kilómetros de vía que atravesaban heladas estepas y remotos desiertos, montañas de roca viva e inhóspitas zonas de hielo perpetuo. El viaje duraba 12 días, cruzando 9 husos horarios. En tiempos del Zar, el confort del tren era asombroso. Chefs de renombre dirigían su restaurante. Disponían de cuartos de baño, saunas y gimnasios.

Fueron también los rusos quienes, en la Primera Guerra Mundial, introdujeron lo trenes hospital y los trenes blindados que, fuertemente acorazados y artillados, libraron combate en todas las vías.

Al igual como ocurrió en otros paises con geografías extensas, como Chile, el avance de la via ferrea a través del territorio permitió el acceso de zonas muy aisaladas a la eduación, la salud y abrió la posibilidad de explotar riquezas que sin un medio de transporte masivo no habrían sido posibles.

 


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